miércoles, 10 de junio de 2015

¿DONDE FUE A PARAR LA DISCIPLINA?

En las últimas décadas, la vida de las familias ha cambiado muchísimo. Antes, los padres mandaban, y los hijos obedecían. Pero ahora es común que los niños manden, y los padres obedezcan. Veamos las siguientes situaciones de la vida real.
C En una tienda, un niño de cuatro años se encapricha de un juguete. Su madre intenta convencerlo de que deje: “¿No, tienes ya muchos juguetes?”. Al instante se da cuenta de que no tenía que haber preguntado. El niño empieza a lloriquear y dice: “¡pero quiero este!”. Con miedo de que acabe como siempre, en una rabieta, la madre cede.
C Mientras un hombre está hablando, su hija de cinco años lo interrumpe: “¡Estoy aburrida, me quiero ir!”. El padre enseguida se agacha y le pregunta con voz dulce: “¿Me das unos minutitos más, cariño?”.
C A Jaimito, un chico de 12 años, de nuevo le han llamado la atención por gritar a su maestra. Su padre está muy molesto, pero no con Jaimito, sino con la maestra. “Es que te tiene manía –le dice a su hijo-. Voy a hablar con el director”.
En realidad, en muchos hogares los padres toleran el mal comportamiento de los hijos, ceden a sus caprichos y los libran de las consecuencias de sus actos. El libro The Narcissism Epidemic (La epidemia del narcisismo) comenta: “Es cada vez más común ver a padres que ceden su autoridad a los hijos (…). No hace tanto, los niños sabían quién mandaba y tenían claro que no eran ellos”.
Por supuesto, muchos padres ven la importancia de enseñar valores a sus hijos. Por eso procuran darles un buen ejemplo y corregirlos con cariño y firmeza cuando hace falta. Sin embargo, según el libro citado antes, los padres que actúan así “están nadando contra la corriente social”.
¿Cómo hemos llegado hasta este punto? ¿Dónde fue a parar la disciplina?

Los padres pierden autoridad.
Hay quienes afirman que los padres empezaron a perder autoridad en la década de 1960, cuando los llamados “expertos” los animaban a ser menos exigentes con sus niños. Les aconsejaban que más que padres, fueran amigos de sus hijos. También les decían que alabarlos era mejor que reprenderlos y que convenía aplaudirles lo que hacían bien en vez de empeñarse en corregirlos. En lugar de aconsejar a los padres que equilibraran los elogios con la disciplina, les daban a entender que, si regañaban a sus hijos, podían alterar su delicado estado emocional y hacer que en el futuro les guarde rencor.
Poco tiempo después, los expertos comenzaron a promover la autoestima. Parecía como si hubiera descubierto el secreto de la educación infantil: hacer que los hijos se sientan contentos con ellos mismos. Sin duda, es importante hacer que los niños se sientan seguros, pero esa filosofía fue llevada al extremo. Se llegó a recomendar a los padres que, al corregir a sus hijos, evitaran palabras negativas como no y malo. Debían recordarles continuamente lo mucho que valían y que podían llegar a ser lo que quisieran. Era como si fuera más importante ayudarlos a sentirse bien en vez de a hacer bien las cosas.
Hoy en día hay quienes piensan que dar tanto énfasis a la autoestima solo logra que los niños crean que lo merecen todo y que son los reyes del mundo. Además, según el libro Generation Me (La generación Yo), esta tendencia ha hecho que muchos jóvenes “no estén preparados para las críticas y los fracasos que acompañan a la vida”. “En el mundo laboral a nadie le preocupa tu autoestima –dice un padre citado en esta obra-. Si le presentas a tu jefe un informe mal hecho, no te va a decir: Me encanta el color del papel que escogiste. Este mismo padre añade que hacerles creer a los hijos que todo irá bien, hagan lo que hagan, no les ayuda en lo más mínimo”.

Hoy una cosa, mañana otra.
Las formas de pensar van cambiando con el tiempo, y esto influye en la manera de educar a los hijos. El experto en educación Ronald Morrish afirma: “La manera de disciplinar varía constantemente, pues refleja los cambios en la sociedad”. Por eso, es muy fácil que los padres sean llevados de aquí para allá por todo viento de enseñanza.
Evidentemente, la permisividad de los padres de hoy tiene consecuencias negativas. Además de debilitar su autoridad, priva a sus hijos de la guía necesaria para tomar buenas decisiones y enfrentarse a la vida con seguridad.
¿Existe una forma mejor de educar a los hijos?

La buena disciplina.
Por supuesto, ser un buen padre no es nada fácil. Pero si usted no da la debida corrección a sus hijos, solo empeorará las cosas. ¿Por qué? Porque sus hijos harán lo que quieran y usted terminará frustrado. Además, si no es claro y constante al corregirlos, sus niños acabaran confundidos.
Disciplinar a los niños con cariño y equilibrio los ayuda a pensar y comportarse como es debido. También les da la orientación necesaria para tomar buenas decisiones y llegar a ser personas de bien.
Si quiere tener éxito como padre, siga las siguientes reglas al disciplinar a sus hijos:
¨  Sea cariñoso.
¨  Sea claro y constante.

¨  Sea razonable.

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